domingo, 4 de octubre de 2009

Ricos, piratas, atunes, Franco...

Los ricos no se van al Índico a pescar atunes. La cosa es tener unos yates impresionantes para impresionar a los pobres, pero luego no le echan cojones a la cosa marinera, no surcan las bravías y conflictivas aguas asoladas por piratas peligrosísimos. Carecen del espíritu de aventura imprescindible para que les consideremos unos nautas gloriosos, arriesgados exploradores de los siete mares. Se muestran en las cubiertas de sus yates cual audaces marineros pero son marineritos de pega. Y lo bonito que sería verles triunfar y que nos lo restregasen por la
cara a los parias mileuristas. Por ejemplo: "¡Aprended, famélica legión de tierra firme, yo soy un ricachón navegante que no teme a los jodidos piratas; a mí los patapalos me la chupan con mermelada, y también me la chupa Ana Obregón y el párroco de mi pueblo, ¿pasa algo?... que para eso soy un rico más macho que Berlusconi"
Pues no, esto no es así. Sólo quieren los yates para mariconear en regatas con el Rey o para posar en pelotas, haciendo como que no se enteran de que existen los fotógrafos.
Franco, que era un lobo de mar muy respetable, iba al Índico a pescar atunes un par de veces al año. Lo hacía de incognito absoluto pero se llevaba de escolta el acorazado Almirante Cervera, una escuadrilla de aviones y un submarino con la guardia mora. Los de la guardia mora se divertían hundiendo barcos piratas a discreción, y luego salvaban de las aguas a los bucaneros más guapos para sodomizarlos, que la efebofilia también la practican los aguerridos moros. Franco hacía como que no se enteraba y ponía especial empeño en el asunto de los atunes, sobre todo de los atunes rojos. Y los piratas somalís juraron venganza atroz. ¿Por qué ningún juez investiga la conexión somalí en el asesinato de Carrero Blanco?... ¡Ya es hora de que sepamos algo, leñe!

11 comentarios:

murron dijo...

jajajajaja. Si, eso eso¡¡¡ Que investiguen la trama Carrero Blanco¡¡¡ Seguro que fueron los moros¡¡¡O los negros¡¡ o los
atunes rojos unidos¡¡ O greenpeace¡¡¡
Pues si, amigo mio. Esos se pasean en Yates,cerquita de la costa, más que nada para joder al prójimo proletario y darlos en los morros: suelen ir en grupo, con música Chillout, en pelota si se tercia, y rodeados de tremendas señoras con tremendos cuerpos y tremenda piel morena, y luciendo tremendas gafas de sol (es tremendo el tamaño de las gafas de las tías ricas. Me pregunto si el tamaño será directamente proporcional al tamaño del dinero de la cuenta corriente del menda que se están cepillando en tremendo Yate??). No hay más que pasear por las costas Mallorquinas para ver a toda esta gente viviendo en la más absoluta ociosidad.
Por cierto, hablando de atunes. creo que a Franco le colocaban los atunes en la caña. Un tio iba bucenado y le colocaba al sufrido pez para que el enano cabrón presumiese ante, moros, efebos y acompañantes patrios. Creo que tambien cazaba cabras montesas a punta de metralleta. Ya sabes, este hijoputa dando ventaja, como siempre. Si es que el que es cabrón lo es siempre.

Besos buen hombre¡¡¡¡

ANITA dijo...

Cuanta razón tienes amigo no puedo añadir casi nada mas.
Lo de Franco jajajja muy bueno, mas historia en mi haber.
La venganza llega tarde o temprano.
Y yo que me mareo hasta en el tiburón de plástico de mi sobrino jjajja. En pelotas en un yate desde luego no me hacen fotos. Pero yo con una escopeta de perdigones les hacía el segundo agujero en el culo. No los matas tampoco es eso, pero que les escueza un poco la soberbia coño.
Uff mira que soy burra a veces.
Un abrazote

Alfonso dijo...

Don Obdulio, Franco de avezado lobo de mar, nada de nada. Precisamente, Franco quiso ingresar en la marina, como su padre, pero le dijeron en el húmedo cuerpo que nanay del Paragüay.

Tuvo que organizar un golpe de estado, hacerse "generalísimo de todos los ejércitos" para lucir el uniforme de Recontraalmirante (o como se llame) que más galones y chorreras tiene. Y de hecho lo usaba muy a menudo, preferentemente sobre el resto de uniformes, como diciendo, "¿no queríais que yo no fuese de la marina, pues a joderse todo el mundo que ahora soy el más alto rango de la misma?".

Y, si, le ponían las piezas, ya atontadas, en el anzuelo de la caña, que eso de pasarse horas para que piquen y luego que te den cagarrinas para sostener semejante lucha contra el empuje del atún, como que no entraba en sus planes. Además, no había más que ver la foto del bicho comparándolo con su persona para darse cuenta que era imposible que Franco, por muy caudillo de España por la gracia de Dios que fuese, no tenía ni brazos, ni cojones, para cansar e izar a bordo a tremendo pez.

En las cacerías, tres cuartos de lo mismo. Les ponían las piezas a tiro, y así cualquiera. Aunque un día le salió el tiro por la culata (literal) y le jodió una mano, la que usaba para firmar las penas de muerte.

En otra ocasión, el incombustible Manuel Fraga, entonces ministro franquista, después converso demócrata (¡que me meoooooo!), también invitado a una cacería, le pegó una perdigonada por accidente en el culo a Carmencita, la hija adolescente de Franco, entonces. Imaginaos adonde se les subieron los huevos a Fragasaurio. Si la cosa hubiese sido más grave Alianza Popular no se hubiese fundado.

A mi lo de Carrero Blanco me pilló comiéndome unos torreznos que las monjas de enfrente a la casa de estudiante donde residía, en Alba de Tormes, nos proporcionaba en agradecimiento por algunos favores que les hacíamos. Lo oí por la radio, luego, en el Telediario de la noche pude ver, en la tele de los vecinos de al lado, el socabón y el Dodge colgando de la cornisa del edificio de los jesuitas.

Como estudiantes catalanes que erámos recibimos la visita de la guardia civil, y si no llega a ser por el primer teniente de alcalde del pueblo, que aunque era más de derechas que la Virgen del Pilar, patrona de la benemérita, aquella noche la dormimos preventivamente en los calabozos del Ayuntamiento.

Este señor, que nos apreciaba, se encaró con el sargento de los picoletos recriminándole que porque no éramos castellanos no teníamos que ser sospechosos necesariamente de nada. La paranoia en aquellos momentos rayaba el esperpento. Nos sentimos vigilados durante un tiempo, hasta que se calmaron las aguas cuando se levantó el estado de excepción.

El "intelectual" del sargento no entendía qué hacían varios jóvenes catalanes, de Barcelona, estudiando en Salamanca. Yo le contesté con chufla que tampoco entendía que hacía un señor sargento de la guardia civil que era de Porriño, un pueblo gallego, en un pueblecito de la provincia de salamanca. Ya digo, ni no llega a ser por el Sr, Florentino, que así se llamaba este edil, y que se reía a gusto de la estulticia del uniformado lo hubiésemos pasado mal, al menos durante un tiempo.

Saludos antifranquistas a todos/as.

Obdulio de Oklahoma dijo...

Sí, amiga murron, todo es tremendo en las cubiertas de los fabulosos yates, tremendos cuerpos de señoras tremendas, tremendos tíos macizos... y si los penes no son tremendos, los arreglan con fotoshop, como el del Conde Lecquio.
Pues así es, a Don Patxi se las ponían como a Fernando VII. Los dictadores siempren han de ser olímpicos.

¡Jo, pues si con escopeta de perdigones es usted terrible, doña Anita, ya ni te cuento con un lanzagranadas!... que a usted la ponemos en Afganistán y se cagan pata abajo los talibanes.

La cualidad de "lobo de mar" del invictus caudillos, Don Alfonso, era puro cachondeo, ya lo habrá supuesto usted. Conozco todas las anécdotas de caza pues he leído muchos libros al respecto. El más cachondo de todos es "El general y su tropa" de Jaime Peñafiel. Berlanga se quedó corto al hacer "La Escopeta Nacional".
¡Oh, Don Alfonso, ¿qué tipo de "favores" les hacía usted a las monjas?...! que de aquí puede salir algo más interesante que El Tenorio.

¡Abrazos!

Alfonso dijo...

¡Coño! Don Obdulio, ya sabía yo que el no puntualizar las cualidades de los favores monjiles iba a suscitar un cierto recelo que siempre viene acompañado de una sospechosa intervención de carácter erótico. No ha tal. Las monjas a las que me refiero, franciscanas terciarias (lo de terciaria nunca lo entendí bien, será porque serían de tercera división, digo yo) no estaban por esas labores. Quedaban pocas, y a más de ser de clausura eran viejas y con un tufo a rancio que tiraba de espalda.

Sin embargo, las que estaban liberadas de la clausura regentaban un colegio de chicas de buenas familias que eran internas, situado en la planta superior. Y aquí si, aquí hay lana para hilar largo y tendido. No por las monjas, válgame Dios, sino por las internas. Por lo pronto, en verano, con los ventanales de la nave-dormitorio del colegio abiertos de par en par, las veía desde la ventana de mi habitación deambular y jugar entre ellas en camisón de dormir, y algunas, las más atrevidas, en bragas y sostén. El desnudo, entonces, aun no se llevaba ni siquiera entre mozas de la misma edad. Con 20 años que tenía, y con las penurias sexuales que padecíamos a primero de los setenta pues ya podéis imaginaros la revolución hormonal permanente en la que me encontraba por causa de aquellas visiones.

Algunas tardes, sobre las cinco, solían salir a dar un paseo por la carretera de Peñaranda. A veces, coincidía con la recogida de reses que me recomendaba hiciese el concejal del que antes hablaba, agricultor y ganadero (de ese modo me ganaba alguna docena de huevos, leche y otros alimentos). Para ello enjaezaba y me dejaba montar un caballo blanco entre varios que tenía para acercarme a la dehesa donde estaban las vacas, abrir la puerta de la cerca y acompañarlas de regreso a los establos del pueblo.

Con mis calzones de cuero y botas de montar parecía el vaquero de los anuncios del Malboro, sólo me faltaba la canana y su pistola al cinto. Así que cuando pasaba al trote al lado del grupo de chicas que en aquellos momentos paseaban notaba como todas las miradas se posaban en mi caballeresca figura. Y mirando por el rabillo del ojo te dabas cuenta que en algunas de aquellas miradas había algo más que curiosidad.

Lo siento, pero he de interrumpir el relato, asuntos más prosáicos me reclaman. Más tarde sigo para darle remate a uno de esos intensos episodios de mi vida y que quedan para el recuerdo.

Saludos a todos/as.

calimeroesmalo dijo...

Jajajajjajajaa, lo que me he reido leyendo el post y vuestros comentarios!!.
Lo de Franco y el buceador que le colocaba los atunes lo había oido pero pensaba que era una simple leyenda urbana, ya veis.
Ya me gustaría leer que los piratillas han atracado el yate de un famosete, para saber como acabaría esa historia, la verdad que sería interesante de cojones para leerla.
¡ Un abrazo Obdulio!

Obdulio de Oklahoma dijo...

Como siempre, Don Alfonso, quédome prendado de su prosa. En serio, es usted de los mejores relatores que campean por este mundo blogueril. Y por lo que deduzco del presente relato (en su caso no puedo limitar la definición a "comentario") era usted un "real mozo" como decían antaño. Las novicias dedicaban furtivas miraditas calientes a su apuesta figura, ¿o estaban tan cachondas ellas que lo que miraban eran los atributos del caballo?... Otra cosa, ¿para espiar a las fermosas doncellas se servía de prismáticos, catalejo o sencillamente bastaba con su mirada de lince juvenil?
¡Abrazos!

Obdulio de Oklahoma dijo...

Así es, Don Calimero, de leyenda urbana nada, los tiranos son grotescos y al lado trágico se le une el cómico.
Cuando Franco estaba en plena decrepitud, tenían que ayudarle a subir al caballo, lo cual requería el esfuerzo de varios servidores. No era fácil, y en un momento dado le empujaban del culo para facilitar el ascenso. Todos los presentes tenían la consigna no escrita de mirar para otro lado, y los fotografos hacían como que no veían nada. Pero hubo una vez un fotógrafo que hizo una foto y esta se publicó en un periódico extranjero. Al "insensato" se le hizo el boicot total, no volvió a trabajar para ningún periódico o revista. Y esto tampoco es leyenda urbana.
¡Abrazos!

Alfonso dijo...

Por sus comentarios anteriores conviene hacer alguna puntualización, Don Obdulio. Las chicas que salían a pasear no eran novicias sino las internas del colegio. Jóvenes de 16 ó 17 años sin especial vocación religiosa, que estudiaban a pensión completa en esta institución gracias a los buenos dineros, o esfuerzos, que de todo había, de sus respectivos padres.

No necesitaba, ni los tenía, catalejo o prismático alguno, para ver el ramillete de lozanas salmantinas deambular entre juegos y risas por el interior de la nave donde dormían. Habría una distancia de unos 20 metros, salvada la calle, desde mi ventana al edificio de ellas. La cuestión era que, confiadas por el muro de protección del colegio, creían estar a salvo de miradas indiscretas, y no echaban en cuenta que donde yo dormía era la parte alta de la casa de enfrente, más concretamente la buhardilla. Desde allí, la visual de la parte superior del muro del colegio quedaba justo a ras del arranque de las ventanas. Evidentemente no encendía la luz y mi presencia quedaba totalmente desapercibida. Nunca compartí con otros compañeros estudiantes residentes tal acontecimiento. No por egoísmo erótico, sino porque algún burro, haría eso, rebuznar ante semejante espectáculo llamando la atención de las confiadas colegialas. Y no estaba dispuesto a que aquella magia acabara de esa manera. A mí, aquello, me hinchaba el espíritu, aparte de otras cosas, digamos, menos espirituales.

Vamos a ver, ¿quien no se ha fijado nunca en los cojones de un caballo? Algo tan evidente y que tanto llama la atención. Pues es posible que si, que aparte de mi recompuesta figura de joven de 20 años, jinete aparente de un soberbio caballo blanco al que sabía hacer caracolear lo suficiente como para atraer las miradas de las féminas paseantes, es muy posible que éstas se fijasen en los bamboleantes atributos del noble animal. Había que estar ciego para no verlo.

Pero reemprendo el hilo de donde dejé la narración de la aventura caballeresca, y antes hago un inciso introductorio para mayor comprensión de lo que aquí se dice.

El grupo de estudiantes con los que compartía casa éramos conocidos, evidentemente, tanto por el profesorado, como de las alumnas y monjas franciscanas. Prácticamente a diario, una de las monjas nos traía una bandeja de cosas que cocinaban para ellas y el colegio (de ahí lo que cuento en otro post de que me estaba comiendo unos torreznos que nos habían traído las monjas el día que ETA se cargó a Carrero Blanco).

En una ocasión nos pasaron recado para ver si algún estudiante de Filosofía podía pasarse por el colegio y suplir una clase que se quedó coja de la asignatura de Introducción a la Filosofía por enfermedad de su titular. De los dos que éramos con esa posibilidad, el otro escurrió el bulto eludiendo todo compromiso, cosa que me vino al pelo porque yo estaba deseando hacerlo.

Alfonso dijo...

(sigue) Y le cuento lo siguiente, Don Obdulio, porque sé que voy a ser inmediatamente comprendido por alguien que presumo es más o menos de mi edad, o al menos, participa de cierta manera de pensar pareja a la mía: ¿Usted sabe lo que es, con 20 años, entrar en la segunda hora de clase en un aula de chicas de 16 años? ¿Usted sabe lo que se experimenta cuando al abrir la puerta para entrar en el aula recibes un caluroso “bofetón” de hormonas femeninas, fermentadas durante la hora previa de la primera clase anterior? ¿Ha olido usted alguna vez, y, en este caso, masivamente a hembra como me tocó a mí en esa ocasión? Pues créame que me costó concentrarme para intentar hablar a semejante auditorio de Platón y el Mito de la Caverna, que era la clase que llevaba preparada. Y como tenía en mi memoria los cuerpos en bragas y sostén de algunas de las presentes pues la mortificación aun se acentuaba más.

La cuestión fue que durante la clase salió el tema de mis salidas a caballo y les conté que lo hacía para ganarme un poco la vida, como estudiante sin recursos económicos a quien echaban una mano por la realización de esos pequeños trabajos agrícolas y ganaderos. Era de notar que a alguna de estas chavalas todo aquello del caballo, las vacas, el encierro en el corral, etc., les parecía muy romántico, como si llenarse de mierda hasta las cejas por querer ordeñar a una vaca poco cooperante fuera el no va más del romanticismo rural.

Y en esas, siempre hay alguna que dice que si tendría ella ocasión, en una de las salidas, de montar en el caballo, a lo que otra respondía inmediatamente que tal cosa no lo permitirían las monjas, para ser contestada por una tercera, la heroína de mi relato, Juli, natural de Béjar, que opinó sabiamente que las órdenes de las monjas están para desobedecerlas. Y nos miramos los dos, y ella como diciendo “¿A que voy a ser yo la que monte en el caballo?” Y mi mirada contestó: “Por supuesto, princesa, y en la primera ocasión que se presente”… Que no tardó mucho.

Y aquí vuelvo a dejar mi relato porque pasa de la media noche y ya no tengo 20 años. Y lo que es peor: madrugo.

Buenas noches a todos/as.

Obdulio de Oklahoma dijo...

¡Buenos días!
Yo también madrugo, Don Alfonso, y hoy más que nunca porque he venido antes al trabajo para traducir un texto del inglés con mi precario conocimiento del idioma, (Llevo unos meses estudiándolo y con muy pocas oportunidades de practicarlo)referente a una carta que he recibido de la compañía con la que voy a hacer un viaje mañana. Creía que me pedían que volviese a confirmar una reserva, pero parece ser que no.
Pues sí, en una segunda lectura más calmada vi que sus "partenairs" eran internas laicas y no novicias, y lo menciono en un comentario a Anita en el post más reciente.
La continuación del relato con Juli promete. ¿Una historia de amor?... Sea lo que sea estará tan maravillosamente narrado como todo lo suyo. El ambiente de jóvenes abriéndose al mundo en aquel ambiente asfixiante, los disimulados coqueteos, la "prueba de fuego" del veinteañero ante las expectantes jovencitas... un revival del tiempo pasado que aún nos parece presente y que usted describe de una forma genial como si de una novela de Delibes se tratara.
¡Un fuerte abrazo!