martes, 15 de septiembre de 2009

Viaje desesperante en el tiempo

1.959, un miércoles de Agosto.

Una fuerte explosión sacudió la casa de Inocencio Rosines. El estrépito se oyó en toda Villa Cañada.
El profesor Rosines estaba considerado un loco por la respetable comunidad científica. Sus ideas estrambóticas le habían ido apartando poco a poco de la gente "normal". Vivía ahora retirado en una pequeña localidad manchega, Villa Cañada, dedicado en silencio a sus experimentos. Los lugareños desconfiaban del científico excéntrico y suponían que tras las paredes de su casa a lo peor estaba sucediendo algo horroroso.
Don Inocencio vivía en un caserón alejado del pueblo pero la explosión hizó temblar las paredes del mismísimo ayuntamiento.
El angustiado profesor descendió de su máquina del tiempo y se tumbó sobre la cama. Lo que acababa de presenciar en el futuro le tenía profundamente anonadado. Nunca imaginó que iba a asistir a escenas tan sorprendentes e inmorales en el mundo de sus descendientes. Jamás haría otro viaje al futuro. Pero retrocedamos dos días:

1.959, un lunes de Agosto.

Ya está decidido, hoy es el gran día. El profesor Rosines ha tomado la decisión de saltar cincuenta años al futuro. Lo considera un tiempo lo suficientemente lejano para observar los cambios operados en Villa Cañada. A partir de ahora desfilarán ante sus ojos las instantáneas más atroces de un mundo sumergido en el caos. Vamos a leer su pensamiento:

2.009, verano.

Tardé en convencerme de que el lugar era Villa Cañada. Varios edificios de más de treinta pisos, cual enormes cajas de cristal, se elevaban prepotentes al cielo empeñeciendo la iglesia y el palacete del indiano Jeremías. En lo que fueron las fincas de Josefa la coja y el cura, una gran zona industrial se extendía hasta el arroyo de los frailes capados, en las afueras del pueblo.
Veo muchas edificaciones nuevas y calles llenas de vehículos futuristas, algunos haciendo sonar algún tipo de música tribal machacante, torturadora... ¡bom!, ¡bom!, bom!... Uno hace sonar el claxon insistentemente porque el que le precede se ha parado a hablar con algún conocido.Veo indios por las calles, ¡indios!, hombres y mujeres bajitos como los nativos sudamericanos que aparecen en las ilustraciones de las enciclopedias.
En las calles se mezclan tipos humanos diversos con los atuendos más estrafalarios. ¡Las mujeres van casi desnudas!, sus pechos bamboleantes dan la impresión de que van a salir disparados de un momento a otro. Otras enseñan el ombligo o las piernas llenas de tatuajes. También lucen tatuajes en brazos y espaldas. Casi todo el mundo lleva tatuajes, como los piratas.
¡Hombres con pendientes y con coletas!... ¡Oh, cuántas mariconadas!... Gente que va hablando sola por la calle, pegándose a la oreja un cacharrillo de plástico o metal. De pronto descubro una calle llena de negros, ¡negros auténticos, africanos, igualitos que los que se ven el bote del ColaCao!... Todos permanecen de pie ante sabanas extendidas en el suelo, repletas de algo así como láminas de colorines, algunas con fotos, otras con dibujos. Observo entonces con estupor que todos los negros recogen precipitadamente las sábanas del suelo y echan a correr como alma que lleva el diablo. En el otro extremo de la calle han surgido una especie de policías municipales en pantalón corto, es una escena rocambolesca. También hay indios que corren, e indias, cargando pesados fardos y rodeados de un enjambre de criaturas. Los policías municipales les persiguen pero no logran atrapar a ninguno. Tambien estos extraños policías están tatuados.
Pasa a mi lado un anciano... ¡en pantalón corto!; ¡Dios mio, todo un venerable anciano en pantalón corto!, ¡el futuro es cosa de locos!
A medida que transcurren los minutos mi sorpresa va en un aumento, ¡qué digo, un arsenal de sorpresas!... Veo jóvenes, y no tan jóvenes, con las cabezas teñídas de azul, de anaranjado, de verde... Los hay que lucen unas crestas enormes y llevan cadenas colgando, ¡qué horror!... Me quedo mirando a una señorita estrafalaria y me saca la lengua, y en esa lengua burlona me parece ver una chincheta o algo así. También lleva pinchos en la nariz, en los párpados... ¡Uf, que pesadilla!
Casi todo el mundo viste camisetas con dibujos, fotos o palabras raras. ¡Qué modas más estúpidas!... En una leo: "Cristiano Ronaldo". ¿Estará de moda en esta época lucir en la camiseta el nombre de algún cristiano ejemplar, quizá un misionero, un santo...? En otra pone "Kaka", ¡qué ordinariez!... Otra que me llama la atención dice: "Hacer mucho el sexo nubla la vista" Francamente me parece una bobada, no creo que ningún científico serio apoye esta extraña teoría, y se me hace incomprensible que haya que decirlo en una camiseta.
Uno de los locos que llevan el cacharrillo en la oreja está enfadadísimo, grita y gesticula como un endemoniado. Está a punto de ser atropellado por una motocicleta que hace un ruido infernal. El motorista y el loco se insultan ferozmente y hasta pronuncian blasfemias. ¡Perdónalos, Señor, porque no saben en que época les ha tocado vivir!... ¡Oh, menos mal que no he tenido hijos!
Desemboco en la Plaza Mayor y siento un ramalazo de tristeza al ver que han desaparecido el bar de Manolo, la zapatería de El Tuerto y Ultramarinos Valdivieso. En su lugar hay unas tiendas con anuncios que parece que han sido escritos en chino. Sí, son chinos, ahora distingo a varios chinos a traves del cristal de uno de los establecimientos. ¡Uy, qué monada, hay un chinito que me recuerda a las huchas del Domund!... También veo muchos moros, pero no van en camello. ¿Algún terremoto habrá destruído esos paises y por eso se han venido todos a España?...
Pero lo más alucinante está ocurriendo en el centro de la plaza, ¡los bomberos acaban de derribar la estatua de Franco!... y la policía municipal vigila a un grupo de individuos, viejos y adolescentes, que exhiben banderas de España y cantan el Cara al Sol. Van disfrazados de falangistas. El resto de la gente aplaude a los bomberos. Uno de los histriones grita: "¡Viva Franco!"... ¡Dios Santo, ¿ha logrado vivir tantos años ese hombre?!... ¡Jo, debe tener ya más de cien!... Será que tiran la estatua para poner otra en la que se refleje mejor su imagen actual. Ahora chilla un gordito: "¡Fuera zapatero!" No sé a qué se referirá porque la zapatería de El Tuerto ya no está. Esto es para volverse loco.
Tomo la calle Queipo de Llano (que ahora se llama "Constitución") y observo con desagrado que están todas las paredes pintarrajeadas con frases groseras. ¿Por qué permitirán pintar en las paredes?; ¿los guardias civiles ya no dan palizas a los gamberros?
Me aborda un individuo desaseado y de aspecto patibulario que me recuerda al Ben Gum de la Isla del Tesoro: "Enróllate, tío, dame un euro para un bocata, que estoy sin comer" El individuo huele mal y su aspecto es deplorable. Ignoro la jerga que emplea para comunicarse: "bocata", "euro", "tío"... ¿de qué me está hablando?, ¿por qué me confunde con un tío suyo y qué significa eso de que tengo que "enrollarme"? Decidido darle una moneda de dos reales para quitármelo de encima. "¿Qué mierda me das tío?", exclama el insolente; "¡Cincuenta céntimos, desvergonzado, ¿no pretenderá que le de una peseta?!"; "Esto no son cincuenta céntimos, pringado"; "Sí son cincuenta céntimos, pasmarote, ¿no ves el agujerito del centro?" Cuando ya pienso que me va a resultar difícil desembarazarme del piojoso, aparece un guardia municipal en pantalón corto y concluye la función, el de las greñas se va.
No aguanto más, no entiendo nada de esta época. Me voy raudo al prado en donde he dejado la máquina del tiempo para regresar a la paz y tranquilidad de los años que me han tocado vivir. ¿Por qué hay gente que aplaude cuando derriban una estatua de Franco?; ¿Por qué los niños y los ancianos se disfrazan de falangistas?...

Otra vez en 1.959.

Don Inocencio repasa la película de su experiencia agotadora. No le entra por la cabeza que el mundo llegue a ser tan confuso dentro de cincuenta años.
Oye voces en el exterior de su casa. Aporrean con insistencia a la puerta. Acude a abrir y se encuentra con la guardia civil: "Tiene que acompañarnos, Don Inocencio, los vecinos le han denunciado porque no están dispuestos a seguir aguantando las explosiones"

El incomprendido científico Inocencio Rosines pasó los últimos años de su vida en un manicomio (aún no se llamaban siquiátricos) El resto de los locos le creían más loco que ellos por aquella demencial historia que repetía a menudo, el relato de un viaje que hizo "en el tiempo" para ver como los bomberos derribaban una estatua de Franco en una Villa Cañada plagada de mujeres medio desnudas y tatuadas, chinos, indios y moros.

Dedicado a los blogueros que vivieron en 1.959.

9 comentarios:

Obdulio de Oklahoma dijo...

Jesús y Calimero, os he respondido en el post de abajo.
A usted, Alfonso, le he contestado en el post de "más abajo"
¡Abrazos para todos!

Jesús dijo...

Esto si es ciencia ficción.
Hemos cambiado para mal, cuanto mejor un colmado de ultramarinos que un super de marcas blancas.

Obdulio de Oklahoma dijo...

¡Buenas tardes, Don Jesús!, ¡está lloviendo en Murciapolis!... Esta es una auténtica novedad, las últimas gotas cayeron por Mayo. Se van a poner contentos los agricultores, pero a mi me está jorobondo.
Ultramarinos y "coloniales", ¿no se acuerda usted de los coloniales? Ahora ya no tenemos colonias, los colonos son los judios en Palestina.
¡Un abrazo!

Obdulio de Oklahoma dijo...

Don Alfonso, le he contestado ahí abajo a su comentario sobre mi "error en el tiempo" Ultimamente voy de error en error, de lapsus en lapsus y de follón blogueril en follón blogueril. Soy en el Rompetechos de la blogosfera.
¡Muchos y cordiales abrazos!

Alfonso dijo...

Bonita historia. Fascinante la posibilidad de los viajes en el tiempo. En teoría posibles pero insolubles en la práctica. Al menos de momento, y ese momento aun será muy largo.

Pobre Sr. Rosines. Toda una eminencia en física de partículas, conocedor del comportamiento de la mecánica cuántica del mundo subatómico, realizador práctico en cuanto a la aplicación de las leyes relativistas y... tan chapado a la antigua.

Con ese bagaje no se pueden hacer viajes en el tiempo, hombre. Al menos, hacia el futuro, porque si no este (el futuro) te mata a disgustos.

Haberlo hecho hacia el pasado y así, de antemano, en cierto modo lo conocía por la historia y hubiese estado prevenido.

Haberlo hecho al reves, haber retrocedido 50 años en el pasado y se hubiese plantado en 1909. Y a ser posible, en Barcelona. Habría vivido de lleno la llamada Semana Trágica, en la que hubo 78 muertos, medio millar de heridos y 112 edificios incendiados, de los que 80, eran religiosos. Después vino la represión desmedida y arbitraria del gobierno Maura, en la que se detuvieron a varios miles de personas, de las que una 2000 fueron procesadas resultando 175 penas de edestierro, 59 cadenas perpetuas y 5 condenas de muerte. Además se clausuraron los sindicatos y se ordenó el cierre de las escuelas laicas. En fin, que el bueno de Don Inocencio, se hubiese metido a todo correr en su máquina y habría regresado otra vez a su tranquilo y sosegado futuro de 1959, pudiendo comprobar a través del parte radiohablado de las dos de la tarde que en España no pasaba nada, que todas las cosas malas sólo pasaban fuera, en el extrajero.

¡Ah!, aquella sintonía tranquilizadora, que anunciaba el comienzo del parte: ¡Tirurí, tirutirutirutirurí, tirutirutirutiruriiiiiii!... ¡Aquí Radio Nacional de España, conectamos con todas las emisoras repartidas por el territorio nacional, conectamos!...

ANITA dijo...

Pobre profesor Rosines lo que tuvo que ver el hombre.
Y se encontró otra realidad pero sin Franco jajjaj. Buen relato muy bueno.
Nos toca vivir otro siglo, con otras cosas y nada mejoradas. Siempre seguiremos teniendo pesadillas de una forma u otra.
En fin aquí estamos, dentro de 50 años ¿que veremos nosotros? Si es que llegamos a pasar tantos años.
Un abrazo

Obdulio de Oklahoma dijo...

Pues yo, Anita, no creo que viva cincuenta años más por mucho que avance la medicina. Si tuviese treinta a lo mejor sí.
Don Inocencio era un sabio, vivía en otra realidad, ni la de Franco, ni la de los "panzistas" agradecidos.
No es que estuviese "chapado a la antigua", Don Alfonso, estaba "distraído" como buen sabio y las cosas de su época le parecían normalitas en comparación con lo que se encontró en 2.009. Don Inocencio puede predecir avances espectaculares en tecnología pero no asumirá jamás que un "mangarrían" le aborde en medio de la calle casi exigiéndole el dinero o que derriben en medio de aplausos la estatua del "inmortal" Franco. Algo parecido vi en la película "Los visitantes no nacieron ayer" El caballero medieval acepta toda la tecnología del siglo XX pero no admite que el castillo de su familia pertenezca ahora a la plebe.
¡Abrazos!

calimeroesmalo dijo...

Obdulio, perdona que use palabras tan soeces pero:
¡ TU RELATO ES COJONUDO!
jajajajajajajjaa
¡ No veas lo que he podido disfrutar leyendolo!
¡ Ains, pobre profesor Rosines!
jajajaja!
Tenías momentos que yo no podia parar de reir, como lo de Cristiano Ronaldo o lo de la estatua de Franco " ¿ la querran sustituir por otra que refleje su verdadera edad?" IMPAGABLE.
Te juro OBDULIO que me has alegrado la mañana.
Así da gusto levantarse Oches.
¡ Un abrazo bien gordo!

ANITA dijo...

Mejor explicación no has podido darme.
Tienes toda la razón y además me acorde de la peli que nombras si la vi y de veras da en el clavo.
Un abrazo